La Buena Vida
A veces basta un acorde para que se te caiga encima toda la infancia, todos los veranos, todos los besos dados y los que nunca llegaste a dar. Y ahí estás tú, de repente, llorando en silencio con una canción de 1993 que suena a cuando la vida era una promesa por estrenar. Así empieza “En bicicleta” de La Buena Vida, y casi acaba contigo, sin que lo notes.
La Buena Vida no escribían canciones: te preparaban trampas emocionales con teclados. Lo suyo no era tocar, era bordar. “En bicicleta”, incluida en su debut de 1993 (versión definitiva 1995), no parece una canción, parece una escena que alguien grabó en Super 8 desde el manillar de una Orbea azul, mientras cruzaba la playa de La Concha sin manos y sin miedo. Todo suena delicado, pero debajo hay metralla. Es una canción que susurra, pero deja herida.
Irantzu Valencia no canta: flota. Su voz es una línea discontinua sobre la que pasa toda tu adolescencia con ruedines emocionales. Es como si Nico (con o sin la Velvet, da igual) se hubiese reencarnado en una profesora de Filosofía de San Sebastián y hubiese decidido que la tristeza también se puede llevar con hombreras y sombra azul.
Musicalmente parece inocente, pero “En bicicleta” lleva un cuchillo en el cestito delantero. Es como Chucky, el muñeco diabólico. Parece un muñeco. Es un psicópata. Te habla de manos que se rozan, promesas mudas, domingos que no sabes que van a doler… y todo con un arreglo que huele a vinilo, a película de sobremesa de La 2 en los 90 con final bonito pero angustia existencial de fondo. En esa época donde el drama era que no te respondieran al fijo. Spoiler: luego todo se complica.
La Buena Vida eran los que sabían que la épica también se susurra. Mientras Los Planetas gritaban desde Granada, ellos escribían haikus melancólicos en Donosti. Fueron los poetas de la derrota elegante, los que sabían que una canción te podía romper en tres sin levantar la voz. Escuchar “En bicicleta” es como ver tu vida pasar en cámara lenta mientras decides si te tiras a la piscina o te quedas en la orilla haciendo como que no pasa nada.
Y encima, en esta canción, hay héroes secretos: Duncan Dhu. Años después sabríamos que su teclado —un viejo Roland con más vidas que un gato— fue el que puso el riff sobre el que Ibon Errazkin construiría esta maravilla. Es decir, un instrumento prestado, una idea brillante y un grupo capaz de convertirlo todo en eternidad. Más épico que eso, solo el primer amor de verdad.
“En bicicleta” no es una canción. Es una carta que te escribiste a ti mismo sin saberlo, cuando aún no habías aprendido a hablar de lo que dolía. Es un pacto con tu versión más ingenua, la que aún creía que todo iba a salir bien. Y por eso, cuando suena, no importa los años que hayan pasado: tú sigues ahí, dándolo todo, sin manos, cuesta abajo, con el corazón a punto de salirse del pecho.
Y no sabes si es nostalgia, tristeza o que simplemente la vida era más bonita cuando no tenías miedo a caerte. Dale al play:
Lori Meyers llevan años escuchando que tienen que volver. A Viaje de estudios, a Hostal…
A Fontaines D.C. les habría salido bastante rentable pasarse diez años haciendo «Boys in the…
Aranda de Duero, 2022. Gara Durán y Gabriel Barriuso llevan todo el día intentando componer…
Gijón Sound celebrará su próxima edición del 15 al 18 de abril de 2027 con…
U2regresará a España en mayo de 2027 con tres conciertos en Barcelona y Sevilla, dentro…
Las Petunias cambian de registro con «Era yo la que apuntaba», un nuevo sencillo que…