
Lori Meyers llevan años escuchando que tienen que volver. A Viaje de estudios, a Hostal Pimodán, al disco con el que cada uno descubrió a Lori Meyers. Complicado avanzar con tanta gente dando indicaciones desde el asiento de atrás. Desde Loja han pasado por el pop de guitarras, la psicodelia y la electrónica hasta construir un repertorio que se reconoce en unos pocos compases. Disonancia, su octavo álbum, reúne esas experiencias en diez canciones producidas junto a Ferran Gisbert. Han pasado cinco años desde Espacios infinitos y se agradece escuchar a un grupo con tanto repertorio tomarse estas canciones tan en serio. Noni tiene las melodías y una voz que puede pasar del enfado a la súplica. Sin exagerar ninguno. Ale aporta unas guitarras que saben cuándo acompañar, cuándo introducir una réplica y cuándo cargar contra todo. Alfredo administra el empuje y los espacios para que cada cambio tenga efecto. Los tres se conocen demasiado bien para tener que demostrarlo a cada momento. Se nota en lo que tocan. Y en lo que dejan tocar.
«Dictadura» arranca con decisión y pronto encuentra un estribillo que abre la canción. Los teclados le dan color, pero debajo hay una banda tocando con firmeza, especialmente atenta a cómo pasar de una sección a otra. «Tus amigos» cambia el paso. La percusión gana espacio y la melodía recupera ese gusto por el pop de los sesenta que siempre han manejado bien. La calma dura poco. «Malafollá» mete las guitarras en la discusión y encuentra en el ritmo una manera bastante práctica de gestionar el rencor. Noni aprieta, Ale añade aspereza y el pulso de Alfredo evita que el calentón se quede parado en el insulto. El disco mejora todavía más cuando baja la voz. En «Qué más da», el bajo y los teclados sostienen una interpretación más contenida, con esa mezcla de orgullo y necesidad que suele complicar las despedidas. «Destino» recoge el movimiento del grave, incorpora un teclado juguetón y va endureciéndose hasta que las guitarras terminan desatadas. A esas alturas, Disonancia ya ha enseñado bastante de sus virtudes. Hay canciones inmediatas. Otras que crecen. Y un trabajo de grupo que permite pasar de unas a otras con soltura.
«En lo total» abre la segunda mitad con un estribillo que seguramente acabará cantando hasta quien haya entendido mal la letra. El vocoder añade un detalle extraño a unas guitarras familiares, mientras «Desilusión» se acerca al ritmo programado y deja que los sintetizadores acentúen el desánimo. Son pequeños desplazamientos que mantienen el disco despierto. «Hasta que llegaste» está entre sus mejores canciones recientes por la paciencia con la que desarrolla las guitarras y por cómo estas terminan empujando el tramo final. Ale y Alfredo tienen mucho que decir en ese crecimiento, en la relación entre la distorsión y el golpe de batería, mientras Noni sostiene una melodía que merece quedarse muchos años en sus conciertos. «Diamante» añade cierta incomodidad en las guitarras y un solo de sintetizador que cambia el acabado de la canción. Después, «Viejo amanecer» reúne al grupo en una progresión que reserva su descarga para el final. Todo llega a su sitio. Disonancia merece un lugar destacado en su discografía por la calidad de sus canciones y por lo bien que funcionan juntas. Tiene entusiasmo, detalle y tres músicos que siguen encontrando motivos para exigirse. Volvamos al asiento de atrás. Ahora cuesta dar indicaciones. Estamos demasiado ocupados cantando.





