Hay canciones que no deberían doler tanto. Canciones tan aparentemente inofensivas, tan pequeñas, tan azucaradas, que duelen precisamente por eso: porque se te cuelan dentro sin pedir permiso y te desmontan desde lo más simple. «Voy a aterrizar», de Nosoträsh, es una de esas. Una canción que parece escrita con lápiz de color, que vuela sin hacer ruido y que acaba aterrizando —como siempre pasa con las cosas importantes— justo donde no lo esperabas: en el centro exacto del pecho.
Nacida en Gijón a mitad de los noventa, entre amigas, concursos de Rockdelux y una maqueta que olía más a fanzine que a multinacional, Nosoträsh apareció como una anomalía deliciosa: cinco chicas que hablaban de cosas pequeñas con una épica que ni Springsteen. Y “Voy a aterrizar”, su primer himno camuflado en forma de paraíso naïf, fue el disparo de salida. Era 1996 y la canción no solo sonaba diferente; sonaba libre. Con teclado juguetón, guitarras de nube y un estribillo con más parapapás que argumentos, Natalia cantaba la historia de Amelia Earhart como si estuviera leyendo su propio diario íntimo: sola, cruzando el Atlántico, con la incertidumbre de saber si alguien la estaría esperando al otro lado. Vamos, como cuando dices algo bonito a 2.500 kilómetros de distancia sin saber si al otro lado responderán… y lo hacen. Como cuando sonríes, y escuchas una sonrisa de vuelta. Como cuando todo va a otro rit(m)o, pero va.
«Voy a aterrizar» fue, en realidad, el primer gesto de vulnerabilidad pop del Xixón Sound. Antes de que el tontipop tuviera nombre, ya estaban ellas: sin pretensiones, sin técnica, sin miedo. Porque hacía falta mucho valor para escribir algo tan aparentemente simple como “yo no olvidaré tu sabor a sal” y lograr que no suene ridículo, sino desgarrador. Como una carta escrita desde un avión a punto de estrellarse. Como cuando te alejas un poco para respirar, y descubres que el hilo sigue ahí. Como cuando no sabes si vas a aterrizar o flotar durante un tiempo, pero alguien te sigue esperando igual.
La canción es eso: una despedida sin amargura. Un intento de heroísmo cotidiano. Un salto al vacío con las uñas pintadas y los motores rotos. Y en el centro, siempre, esa idea insidiosa: “tú me olvidarás si algo sale mal”. Como si la memoria de quien fuimos dependiera de un solo error. Como si no haber llegado a salvo invalidara todo lo que volamos. Como si una voz cálida desde lejos pudiera recordarte que el trayecto, incluso cuando es largo, sigue siendo vuestro.
Es imposible escuchar “Voy a aterrizar” sin pensar en alguien. En alguien que está sin estar todo el rato. En alguien que aparece en la (m)úsica que eliges sin darte cuenta. Alguien con quien te gustaría volar a todos los sitios, aunque a veces lo hagáis por turnos. Alguien con quien compartes señales, silencios, outlanders y aterrizajes suaves, sin luces, sin alardes. Alguien que no necesita explicación para entender cuándo una canción es para él. O ella.
Y, claro, luego están los parapapás. Ese estribillo que parece broma, pero que condensa toda la melancolía del mundo. Porque cuando el amor no se puede explicar, se canta con sílabas sin sentido. Como quien balbucea porque no le salen las palabras. Como quien se despide sin poder decir adiós. O como quien ya no necesita despedirse porque, por fin, alguien le sostiene al otro lado de la pista.
Puede que Nosoträsh no supieran lo que estaban creando. Puede que solo quisieran hacer una canción bonita. Pero lo que hicieron fue otra cosa: una canción necesaria. Una canción que, escuchada con los cascos en una noche tranquila, puede devolverte a casa. Como cuando vuelves a (m)irar a alguien y ya no hace falta decir nada. Como cuando sabes que esta vez, si todo va bien, será distinto. Como cuando aterrizas… y alguien, simplemente, te espera.
Y si no es así, al menos queda el parapapapá. Que, en días como hoy, sigue sabiendo a (m)ar. Dale al play:



