Hay canciones que no solo te rompen por dentro, sino que además lo hacen con tal elegancia que casi te dan ganas de darles las gracias. “There Is a Light That Never Goes Out” de The Smiths es exactamente eso: una oda al amor no correspondido, al drama bien llevado, a la muerte metafórica en coche compartido con banda sonora de cuerdas falsas y eyeliner emocional. Es la canción que suena cuando te das cuenta de que jamás te van a querer como tú los quieres, pero en lugar de hundirte… te pones tu abrigo largo, subes el volumen y te haces el protagonista de tu propio videoclip en bucle.
Publicada en 1986 en el álbum “The Queen Is Dead” (título sutil donde los haya, ejem), esta joya jangle pop de The Smiths no fue single en su momento porque Johnny Marr decidió que una obra maestra debía ser eso: una obra maestra, no un producto de radiofórmula. Una decisión valiente, como llevar gladiolos al bolsillo trasero o decirle a tus padres que te vas de casa porque “no es tu hogar, es el de ellos”. Morrissey lo cantó y media Inglaterra suspiró, no porque entendieran lo que decía, sino porque querían ser parte del club de los tristes con clase.
La letra es una mezcla de cita de cine británico, suspiro de adolescente existencial y aforismo de taza de desayuno con tendencia suicida. “To die by your side is such a heavenly way to die”, suelta Morrissey con la delicadeza de quien se ha leído a Pérez Reverte y se ha tomado un café doble. Y claro, todos pensamos: «ojalá me atropelle un autobús de dos pisos contigo, cariño». Porque si vas a morir de amor, al menos que sea en una canción que convierte dejar de vivir en un arte.
Pero no todo es drama de dormitorio. Johnny Marr hace su magia (como en aquel concierto de Ámsterdam, gracias por aquellas entradas querido Daniless) y le mete a la canción unos arreglos de cuerdas diseñados con sintetizador Emulator (vamos, que no había orquesta, pero nadie lo diría). Marr, que en esa época ya tonteaba con la música de club, consiguió que una canción sobre querer morir pareciera casi bailable. Y eso, amigos, solo lo hacen los genios. O los muy deprimidos con ritmo.
Mucho se ha dicho sobre si esta canción era una declaración de amor de Morrissey a Marr. Spoiler: no lo era. O sí. O quién sabe. Morrissey dice que no. Marr dice que no le importa (pero, de momento, The Smiths no vuelven). Y nosotros decimos que si no lo era, lo parece. Porque en ese paseo en coche entre callejones oscuros, donde el cantante espera su oportunidad para decir “lo que siente”, hay una intimidad que da para fanfiction, docuserie y unas cuantas borracheras sentimentales.
Y luego está el estribillo. Ese “There is a light that never goes out” que se repite como un mantra, como la linterna del Nokia 3310 de tus emociones, como esa esperanza que no se apaga aunque te manden un “mejor como amigos” por WhatsApp. Es la luz de la juventud, del amor imposible, de ese algo que brilla en mitad de la niebla emocional y te dice que sigas, que aún queda playlist por escuchar.
No es casualidad que este temazo de The Smiths haya sido versionado por medio planeta, desde Mikel Erentxun (esta luz nunca se apagaraaaaaaaaá….) hasta The Killers, pasando por los chicos de tu instituto que tocaban en la fiesta de fin de curso con más entusiasmo que talento. Y tampoco es casual que suene en películas como “(500) Days of Summer”, donde la romantización del sufrimiento alcanza cotas olímpicas (esa mítica escena del ascensor, ay). Porque esta canción no solo se escucha: se habita, se recuerda y se arrastra como ese abrigo largo de los ochenta que no abriga pero da actitud.
Así que sí, «There Is a Light That Never Goes Out» da cosica. De la buena. De la que te pilla por sorpresa en el coche de vuelta, cuando ya no hay nada más que decir y solo suena esta canción mientras finges que no te estás rompiendo por dentro. De la que aparece cuando tienes resaca emocional y nostalgia premeditada, y todo lo que necesitas es una excusa para llorar en bucle sin que te juzguen.
Es esa canción que todos nos hemos puesto en bucle tras un “mejor que quedemos como amigos”, que suena como si Richard Curtis la hubiera escrito para una escena eliminada de «Love Actually», pero con más ironía y sin final feliz. Una de esas canciones que grita desde dentro con voz queda: “Sí, estoy bien”, mientras te metes en la cama con bufanda, porque duele más el alma que la garganta.
Porque hay luces que no se apagan nunca. Como esa farola que parpadea justo en la esquina donde diste tu primer beso. Como esa conversación que jamás tuviste pero que te repites mentalmente cada noche. Como esa canción que no importa cuántas versiones le hagan, siempre vuelve con cara de “te lo dije”.
Y aunque Morrissey no quiera confesar si iba por Johnny Marr o por James Dean o por el repartidor del Tesco, da igual. Lo importante es que la escribió. Y que tú, yo y medio planeta podemos gritarla como si nos fuera la vida en ello. Porque a veces, morir a su lado parece un planazo. Pero sobrevivir con esta canción sonando, aunque sea con ojeras y un té frío en la mano, también lo es. Y eso, amigos, es comedia romántica en estado puro. Pero de la buena. De la que da cosica. Dale al play:






