A veces no hace falta una historia, solo una canción que te convenza de que aquella vez no te equivocaste del todo. Que ser un desastre era, en realidad, una forma de brillar y que tu corazón siempre estuvo en perfectas condiciones.
Por eso, cuando empieza a sonar “Beautiful Ones” de Suede, lo que sobrevive no es una canción: es una sacudida de brillantina, nihilismo y glam punk metido en traje de charol, bien apretado. Porque esta no es solo la mejor canción de Suede: es su mirada cruzada a cámara, su “sabemos lo que somos”, su “sí, estamos hechos polvo, ¿y qué?”. Es una oda al desastre con sombra de ojos y camiseta de rayas. Es la fiesta a la que llegas sin haber sido invitado pero de la que no te quieres ir nunca. Una silent disco. Es la sonrisa torcida de los que no van a ganar (o quizá esta vez si), pero saben que son más guapos.
La escribió Brett Anderson en 1996 con la energía del que no necesita ni aprobación ni gasolina: ya viene puesto de serie. Y por eso, mientras unos gritaban “Live Forever” con los brazos en la espalda y otros hablaban de “Parklife” como hooligans con doctorado, Suede te hablaban de drag queens, pegamento, psicópatas del ritmo y cabezas rapadas perdidos en fiestas electrónicas. Es decir, de la vida.
Cuando Blur y Oasis se repartían las portadas del NME como dos niños pijos peleando por la pala en el arenero, Suede ya había hecho los deberes, quemado el uniforme y encendido un cigarro con las notas del examen. En un Reino Unido aún de luto por The Smiths, pero con los gallos del britpop berreando por ver quién era más de barrio (spoiler: ninguno), Suede no se apuntó a la pelea: la convirtió en coreografía. Glam, ambiguos, y tan pagados de sí mismos que parecían adelantados a su tiempo y a su propio ego. No eran los herederos de nadie. Eran el primo raro de la familia que llega en abrigo de leopardo y se queda con toda la atención.
“Beautiful Ones” es una sátira, claro. Pero de esas que solo puedes escribir cuando has estado en la fiesta, te han manchado de vodka la chaqueta, y aun así has acabado besando a alguien en la puerta de atrás del after. Es una radiografía sin anestesia de los años noventa, de los beautiful people que se tragaron su reflejo y se atragantaron con el neón. De los que vivieron rápido, murieron jóvenes y lo hicieron con la pose correcta.
Hay referencias a drogas, fiestas, suicidios, ropa prestada del padre y gente moviendo la entrepierna al ritmo de cajas de ritmo. Y todo suena sexy, peligrosamente atractivo, como ese icono de la pista de baile que huele a peligro pero brilla como una bola de espejos. Porque tú también quieres ser uno de los Beautiful Ones, aunque sea solo por una noche.
Y si no te pasa eso al escucharla, devuelve tu corazón, que igual está roto.
Porque hay canciones que te ponen a bailar, otras que te hacen llorar… y luego está esta, que te hace desear estar en Camden, en 1996, con una navaja en el bolsillo, un vinyl pass para todas las salas del Soho y el alma llena de brillantina. Dale al play:



