Rosalía no vuelve: aparece. No regresa como quien llama al timbre de casa, sino que irrumpe en mitad del tráfico, con el cigarro encendido y un volante inglés entre las manos, como si fuera protagonista de una película que está escribiendo en directo. Así ha presentado “Lux”, su cuarto álbum de estudio, la artista catalana más imprevisible de nuestra era. Nada de notas de prensa ni clips promocionales: Rosalía ha hecho de su regreso una liturgia contemporánea. Ha cambiado TikTok por Instagram en mitad de un atasco, ha sonreído a fans colgados de las ventanillas y ha recorrido Madrid como una devota del caos perfectamente orquestado. El destino: Callao. El motivo: revelar lo que ya se había filtrado antes desde Times Square. Que “Lux” verá la luz el 7 de noviembre y, de paso, que aquí no hay marketing, hay performance.
La campaña de “Lux” se ha cocinado a fuego lento pero con mechas. Esas que ahora le coronan como santa urbana en la portada, donde aparece cubierta de blanco, entre mística sufí, minimalismo litúrgico y teatralidad conceptual. El despliegue ha sido tan exagerado como emocionante: partitura a partitura en redes, pistas colgadas en fachadas y Substacks convertidos en templos digitales. Todo empezó con “Berghain”, ese guiño a la electrónica berlinesa y al pecado capital, que sus fans han comenzado a tocar como si fueran acólitos de una nueva religión. Luego vino la cita a Rabia al Adawiyya, el remate de Simone Weil, y finalmente una mezcla de ensayos, rezos y pop que sugiere que este disco será más misa que fiesta, aunque quizás contenga ambas cosas. Porque si algo sabe hacer Rosalía es tomar lo sagrado y lo vulgar y mezclarlos en una copa para brindar con la boca manchada de carmín.
El álbum promete ser monumental: grabado con la Orquesta Sinfónica de Londres, producido por ella misma, y con colaboraciones que parecen invocaciones (Björk, Estrella Morente, Silvia Pérez Cruz, Carminho, Yves Tumor, Yahritza…). El CD incluye citas que no son decorado sino manifiesto, y la estética de “Lux” apunta a un giro trascendental en su trayectoria: del “Motomami” que se reía del algoritmo al “Lux” que intenta, quizás, encender la última vela en una habitación a oscuras. La presentación ha sido un acto de fe colectiva. Callao vibró no como plaza, sino como templo. La artista, vestida de blanco iluminado, subió las escaleras de los Cines Capitol como si fuera a dar un sermón. Y aunque ni Sony ni la policía parecían saber muy bien cómo gestionar el caos, ella sí sabía lo que estaba haciendo: estaba haciendo historia. Que venga quien quiera a discutir si esto es marketing, arte o religión. Mientras tanto, «Lux» ya está aquí, como un rayo. Y si no lo ves, es porque estás mirando al lugar equivocado. Dale al play:



