Hay algo casi heroico —y un poco absurdo— en seguir esperando el gran disco de Morrissey, como quien espera que vuelva a abrir un bar que cerró hace veinte años. Sabes que no va a ser, sientes que no va a ser, pero aun así vuelves a pasar por la puerta. Por si acaso…
Por eso lo nuevo de Morrissey, “Notre-Dame”, funciona exactamente así, como un recordatorio de que Moz sigue siendo capaz de convertir cualquier cosa —una catedral en llamas, por ejemplo— en un drama íntimo y teatral.
El tema llega como adelanto de Make-Up Is A Lie, el primer álbum de estudio del británico en seis años, un disco que ha cambiado de nombre más veces que un grupo de WhatsApp después de una discusión. Grabado en 2023 en La Fabrique (Francia) junto al productor Joe Chiccarelli y revisado posteriormente, el álbum recupera además la colaboración de Alain Whyte, guitarrista clave en la etapa más inspirada del cantante. “Notre-Dame”, de hecho, llevaba tiempo circulando en directo, como si Morrissey necesitara probar la temperatura emocional antes de decidirse a publicarla. Algo muy suyo, lanzar primero la duda y después la canción.
Musicalmente, el tema se mueve en un terreno elegante y melancólico, con sintetizadores suaves y un pulso casi de synth-pop cansado, como si el propio Morrissey cantara desde un salón demasiado grande. La canción nace del incendio de la catedral parisina en 2019, pero lo que realmente le interesa no es el fuego sino la sospecha. Morrissey siempre ha tenido debilidad por el misterio y por esa sensación de que alguien está escondiendo algo detrás del telón. En versiones en directo llegó a mencionar el “terrorismo”, línea que finalmente desapareció en la grabación oficial, sustituida por un más ambiguo “there’s nothing to see here”. Morrissey, siendo Morrissey, insinuando sin decirlo del todo. Big mouth, pero en voz baja.
Lo fascinante de “Notre-Dame” es que funciona mejor como atmósfera que como declaración. La voz sigue siendo inconfundible, casi intacta, capaz de convertir un edificio en personaje trágico. Y ahí está la paradoja eterna del ex-líder de The Smiths, incluso cuando la canción parece perderse, el personaje sigue siendo magnético. Como ver a un actor brillante en cualquier película, da igual que no sea la mejor, y quedarte igualmente hasta los créditos.
Lo inquietante de “Notre-Dame” no es la catedral, ni el incendio, ni siquiera las insinuaciones. Es que Morrissey vuelve a cantar como si el mundo estuviera a punto de acabarse aunque nadie más lo note. Y de repente entiendes por qué seguimos escuchándolo. No por nostalgia, ni por fidelidad, ni siquiera por las canciones nuevas. Lo escuchamos porque es parte de nuestra banda sonora emocional. Quizá por eso seguimos entrando en sus canciones como quien entra en una iglesia medio quemada… no para rezar, sino para comprobar si todavía queda algo en pie. Dale al play:



