Amaia ha vuelto a hacer magia. “Aralar” no es solo una canción: es una invocación. Un regreso a la raíz contado como si fuera la primera vez. Inspirada por la sierra que separa Navarra de Guipúzcoa, y arropada por la producción de Ralphie Choo y Drummie, la artista pamplonesa compone un hechizo de dos minutos en el que el txistu, las arpas y los tambores no solo suenan: susurran. Hay algo ancestral y nuevo en “Aralar”, como si el folklore hubiera pasado por un sueño lúcido para renacer convertido en un poema audiovisual. Amaia conjura y nosotros, obedientes, escuchamos.
El videoclip no se queda atrás. Codirigido por César Rodrez y Daniel Dalfó en colaboración con el estudio Olimpic, y producido con tecnología CGI y captura volumétrica, muestra a una legión de Amaias cantando entre montañas, como si el folklore se hubiera clonado para sobrevivir al algoritmo. La estética roza lo mitológico: una mezcla entre ceremonia pagana y rave etnográfica. “Aralar” se convierte así en una pieza de resistencia artística, de esas que no buscan complacer al mercado, sino honrar la verdad. Aquí no hay fórmulas. Hay fuego.
Tras el reconocimiento AUPA! como Mejor Artista y con una gira de arenas prevista para 2026, Amaia se reafirma como una de las creadoras más valientes del panorama español. “Si abro los ojos no es real” ya apuntaba maneras, pero “Aralar” es directamente un manifiesto. Una declaración de principios disfrazada de plegaria. Un canto al origen que suena a futuro. Porque Amaia no hace canciones: abre portales. Dale al play:






