Hay canciones que nacen con vocación de hit, otras que se vuelven himno por accidente y luego está “Chup Chup” de Australian Blonde, que directamente se convirtió en patrimonio emocional de una generación que no sabía si quería ser indie, grunge o estudiante de Erasmus en el Gijón de los noventa.
Australian Blonde firmaron esta joya con olor a cerveza caliente y resaca emocional, allá por 1993, cuando Subterfuge aún tenía el pelo largo y creíamos que sonar en un anuncio de Pepsi era la cumbre del éxito artístico. “Chup Chup” fue el pelotazo que catapultó a estos gijoneses desde el bar La Plaza hasta las listas de ventas, pasando por un cameo glorioso en “Historias del Kronen”, esa película que convertía la apatía en una forma de militancia. En pleno auge del Xixón Sound —ese movimiento que nadie admite haber inventado pero todos usaron para ligar—, esta canción sonaba como un chupito de ginebra con misterio existencial. La letra, críptica como pocas, nos lanza preguntas retóricas a una tal Susie, que se nos antoja mitad musa, mitad femme fatale de after, y nos remata con un estribillo que es puro “earworm” noventero: “Oh love you, Susie / Chup Chup”. El chup chup que nos enseñó que la onomatopeya también puede romper corazones. ¿Es un beso? ¿Un lamento? ¿Un sorbo de desesperación? No lo sabemos, y sinceramente, tampoco importa. Porque lo que nos atrapa es su mezcla entre melancolía británica y desahogo astur, con ese punto de angustia amorosa que igual vale para una ruptura, que para una mala nota de fin de carrera.
Como buena canción con síndrome de “one hit wonder”, acabó pesando tanto en los directos de la banda que hubo conciertos donde la tocaron 15 veces seguidas. Lo leéis bien: ¡quince! En Vigo. Porque, claro, pedirle a la gente que no la cante sería como pedirle a Vetusta Morla que no hable en metáforas o a Franz Ferdinand que no se repita. Con el tiempo, Fran Fernández —alias Francisco Nixon cuando se puso gafas de pasta y se fue de revival pop— abrazó su destino y asumió que hay cosas peores que ser recordado por una canción. Como, por ejemplo, no ser recordado en absoluto.
“Chup Chup” fue una declaración de intenciones: melodía pegadiza, letra ambigua, sonido guitarrero pero accesible y un aura entre lo loser y lo épico que definía el indie patrio mucho antes de que Instagram nos estropeara el encanto de ser raros. Fue también la banda sonora de una España que se quitaba de la heroína y se enganchaba a las guitarras, que dejaba la mina pero aún no encontraba el coworking. Una España que no sabía qué quería ser de mayor pero sí sabía que “Chup Chup” molaba. Hoy, muchos años después, esta canción sigue sonando en las playlists de los que aún creemos en los festivales con barro, en las guitarras sin autotune y en los besos que saben a tabaco de liar. Porque puede que Australian Blonde no inventaran el indie, pero le dieron un chupetón de autenticidad que todavía escuece. ¿Y qué hay que de más cosica que eso? Dale al play:






