Hay quien viaja para encontrarse a sí mismo y otros que se encierran en su cuarto, cierran la puerta, miran la pared y fundan una religión. Second, murcianos, pop elegante con máster en emociones, pertenecían claramente al segundo grupo. La prueba siempre ha sido “Rincón Exquisito” porque esta canción nunca fue (solo) una canción, fue más bien un estudio inmobiliario sentimental. Nos vendieron un metro cuadrado de memoria como si fuera el último ático libre en una ciudad en llamas. Y lo compramos. Con gastos de comunidad incluidos.
La historia de esta canción nace cuando la banda empezaba a levantar las maquetas de Fracciones de un segundo, con Jorge Guirao trayendo la semilla y Sean Frutos terminando de vestirla en el local de ensayo. Ellos hablaban de una habitación. Nosotros entendimos un refugio. Y lo fue durante una década. Hasta que llegó la pandemia y lo fue aún más, con medio país convirtiendo el salón de su casa en trinchera emocional y esta canción en (casi) un himno doméstico. Y era normal, porque cuando el mundo se vuelve hostil, todos fantaseamos con tratar de llevarnos imágenes que hagan la espera soportable. Y porque igual el problema no era estar agotado, sino ir a buscar lo que me pidas.
Lo brillante (y ojo, que aquí toca puñalada suave) es que el rincón nunca fue (solo) físico. También era mental. “Desde aquella habitación / desde aquel rincón tan exquisito / lanzamos un mensaje para todo el universo”. O sea, estar encerrado pero creyendo que estás emitiendo en frecuencia cósmica. Maravilloso y un poco delirante, como todo lo verdaderamente humano. La canción habla de gestos, de arte, de “diamantes al fondo en cada una de las tardes”, que es una forma poética de decir que la vida bonita, como la RAE, limpia, fija y da esplendor. Y el remate literario con ese “escribo desde donde me sentaba yo”, que suena a confesión de escritor atormentado rollo Kafka. O Hemingway.
Y es que Second hicieron aquí algo peligroso y hasta terriblemente cruel (que diría Leiva), romantizaron el refugio. Porque todos hemos tenido —y perdido— un rincón exquisito. Uno que nunca estuvo en venta. Ni en alquiler. Dale al play:



