“Valiente” de Vetusta Morla no va de épica, aunque lo parezca. Va de ponerse el mejor chaqué para no decir lo que dices y hacer lo que no haces. Va de esa gimnasia cotidiana que consiste en parecer algo mientras por dentro eres otra cosa, normalmente más cansada, más insegura y bastante menos brillante. Vetusta Morla escribieron esta canción cuando todavía se podía hablar de autenticidad sin que sonara a consigna motivacional, y eso hoy ya es decir mucho. Aquí la valentía no tiene que ver con gestos grandilocuentes ni con golpes de suerte, sino con algo bastante más incómodo. Dejar de actuar. Mirarte sin maquillaje emocional y aceptar que a veces no eres quien creías, ni quien prometiste ser.
Desde el primer “ya ves, lo que es no es”, la canción avisa de que no va a ofrecer consuelo fácil. El narrador duda, se disfraza, se contradice y baila hasta el apagón como quien estira la noche para no tener que enfrentarse al día siguiente. “Ser valiente no es solo cuestión de suerte”, repiten, y ahí está la clave. No basta con que la vida te empuje, hay que decidir. La osadía de la que habla la letra no es arrogancia, es cansancio. Cansancio de fingir, de asumir papeles que no son tuyos, de depender del apuntador para saber cuándo hablar y cuándo aplaudir para que termine la función. Hay canciones que se entienden mejor después de un viaje que lo mueve todo, cuando aún llevas el cuerpo en otra ciudad y la cabeza intentando ponerse al día. En un aeropuerto, por ejemplo, con las mochilas llenas de lo vivido y el silencio justo antes de separarse. Mirarse a los ojos y decir “somos valientes” no como promesa, sino como constatación. Porque llegar hasta ahí también cuenta.
“Valiente” crece, empuja y levanta el ánimo, sí, pero no para celebrar nada, sino para recordar que seguir adelante también cansa. Que la valentía no siempre consiste en aprender de los errores, a veces es aceptar que no sabes si lo has hecho. Es una canción para los que siguen siendo valientes aunque duden, para los que eligen la vida y el amor frente al miedo, aunque no tengan un manual y aunque el disfraz siga colgado en la puerta, por si acaso. Y quizá por eso funciona tan bien. Porque no promete finales felices. Solo anima a no mentirse demasiado mientras dura la función. Dale al play:



