Lo peor que puedes hacer cuando alguien te gusta es empezar a imitar a Neil Young. O lo mejor. Chris Martin lo hizo un día en Gales, entre micros rotos y cielos estrellados, y de ahí nació una canción que no tenía que existir, pero terminó existiendo mejor que muchas otras que se planearon con estrategia e ilusión. “Look at the staaars”, balbuceó, medio de broma, y acabó escribiendo un himno sin saberlo. Spoiler: «Yellow» no significa nada. O peor aún: lo significa todo. No hay metáfora compleja, ni trauma del pasado, ni mujer fatal con nombre de flor. Hay un catálogo de las Páginas Amarillas al lado de una mesa de mezclas. Hay una canción que pudo llamarse Playboy, según el propio Martin. Y sin embargo, en un universo donde los sentimientos se disfrazan de palabras sin sentido, «Yellow» suena a promesa. A ternura con jersey de pico. A que estabas tan enamorado que hubieras sangrado por ella sin que te lo pidiera: “For you, I’d bleed myself dry”. Toma ya.
“Yellow” es la canción que te pones cuando no quieres ponerte ninguna. La de los lunes con resaca emocional. La de los domingos con el corazón hecho sopa de sobre. Tiene ese ritmo de caricia y despecho que solo las grandes baladas pop pueden sostener sin romperse. Y sobre todo, tiene eso que tenía Coldplay antes de convertirse en Coldplay: una melancolía tan épica que da hasta gusto sufrirla. Dicen que el videoclip fue un accidente, como todo lo bueno. Iban a salir todos los miembros de la banda con extras en la playa, pero ese día se murió la madre del batería. Así que Chris Martin salió solo, bajo la lluvia, en un plano secuencia que parecía un funeral con chubasquero. A veces, los videoclips también tienen más sentimiento que guion. Hay canciones que se entienden con la cabeza, y otras que se entienden con la piel. “Your skin, oh yeah, your skin and bones, turn into something beautiful”. Y aunque parezca una frase de peli romántica de sobremesa, la cantas en bucle mientras te duchas pensando que tú también te volverías hermoso si alguien te lo dijera así, aunque luego te vieras en el espejo con cara de martes y camiseta vieja de Depeche Mode.
Lo que hace especial a “Yellow” no es lo que dice. Es cómo suena mientras lo dice. Esa guitarra que entra como quien no quiere molestar, la voz que se quiebra lo justo, ese “look how they shine for you” que funciona igual si estás enamorado o si te han dejado por un profesor de educación física con flequillo. La canción es una línea que dibujaste por alguien: “I drew a line for you, oh what a thing to do”. Y si no lo hiciste, al menos lo pensaste. “Yellow” no es amarilla. Es azul si estás triste, naranja si te recuerda a un verano que te partió en dos, gris si te dejó escuchándola solo en una habitación con el boli Bic en la mano y la dignidad en pausa. Pero sigue brillando. Porque lo importante no era el color, sino que alguien alguna vez escribió algo solo porque no podía no hacerlo. Y eso, queridos, es un acto de amor. O de locura. O de ambas. Spoiler final: al final del todo, y pese a todo, they were all yellow. Dale al play:






