Durante los años noventa, cuando el rock español se debatía entre el ruido de estadio y el susurro de garito, apareció un grupo que no se parecía a ninguno: Buenas Noches Rose. Eran cinco chavales de un instituto de barrio en Alameda de Osuna, en los márgenes de Madrid, con guitarras afiladas, letras en castellano y un cantante que parecía una mezcla entre Jim Morrison y un chamán poseído. Tenían el carisma, el talento, la actitud y hasta el eco de Bunbury bendiciéndolos: “Durante una temporada todo el mundo me hablaba de vosotros”. Pero también tenían la maldición de las grandes bandas: un caos interior más fuerte que el éxito. El documental “¿Quién cojones son Buenas Noches Rose?”, dirigido por Francisco Gené Cort y disponible en Movistar+ desde el 23 de agosto, llega para contar, sin anestesia, una historia tan vibrante como trágica. Porque lo que pasó con Buenas Noches Rose no fue un final, fue una desaparición. Y eso siempre escuece más.
El documental se adentra en los escenarios donde ardía la electricidad del grupo y, también, en las sombras que fueron apagando el fuego. Nos muestra a un Jordi Skywalker magnético, salvaje, y ausente. A un Alfredo Fernández que recoge los pedazos y aún hoy, desde una aldea asturiana, intenta entender qué falló. A un Rubén Pozo que acabaría alumbrando a Pereza junto a Leiva, quien en la cinta confiesa que sin los Rose no habría tenido un espejo donde mirarse. El relato tiene algo de película maldita: multinacionales que no entienden el producto, promotores que exprimen, un mercado desorientado y una banda que no sabía –ni quería– jugar según las normas. Tocaban en garitos donde el suelo temblaba y creaban letras que hablaban de muerte, juventud, drogas y amor, todo con un poso muy español de poesía cruda y guitarra sucia. Y justo cuando el WiZink los iba a resucitar en 2020, otro miembro se echó atrás. No, esta no es una historia de redención. Es la historia de una banda que pudo ser enorme y no quiso o no supo serlo.
¿Quién cojones son Buenas Noches Rose? no es solo una pregunta. Es una grieta emocional. Es lo que te preguntas cuando una canción te parte por dentro y no sabes por qué nunca la escuchaste en la radio. Es también una respuesta que cada uno encontrará en este documental, donde se cruzan la gloria y el fracaso, el romanticismo y la locura, la música y el silencio. Aquí no hay moraleja, solo una certeza: el rock español tuvo una joya oculta, y por fin alguien se ha atrevido a desenterrarla. Dale al play:






