En un país normal, un programa de televisión empieza con una escaleta. En España empieza con una junta de vecinos. Y no con cualquier comunidad: con Pedro Almodóvar, Alexia Putellas, Estopa, Carmen Machi, Manuela Carmena, La Zowi, Javi Calvo y Joan Pradells discutiendo sobre una vecina que canta. Es decir, el Madrid más improbable y más perfecto al mismo tiempo. Un plano secuencia digno de Berlanga. Y, como buen Berlanga, cuando crees que no puede entrar nadie más en el plano… aparece Rosalía. La vecina que canta. Y que trae bizcocho. En serio. Un bizcocho casero, “hecho con amor” y con aceite de oliva, jurado por ella misma en riguroso directo, como si en vez de presentar “Lux” estuviera presentando la candidatura española a Eurovisión en modalidad repostería.
De la junta al teatro. De la escalera a la escalera del escenario. Broncano se pone a presentar en italiano, porque sí. Una chica del público cuenta, entre risas pero con pena, que su hermana se desmayó en un concierto de Rosalía y se perdió el final. Rosalía la mira desde el backstage porque la han obligado a salir para volver a entrar, se traga el drama, sale con su bizcocho y lo reparte con las manos: Jesús multiplicaba panes; Rosi reparte porciones de bizcocho de promo. Cuando sopla el azúcar para limpiar el plato promocional —decorado con su cara y la de Broncano— suelta que parece FARLOPA. Brocado se ríe. Ya tienen titular si quieren, claro. Y llama (Broncano) “alimañas” al público por mendigar entradas. Todo bien. Mientras La Zowi y la junta original han desaparecido como personajes de Twin Peaks. Un aspirador de mano se convierte en regalo final. La planta que iba a formar su nombre a lo largo de los años se queda en un sueño frustrado. Show business en estado químicamente puro.
Y la entrevista todavía no ha empezado.
Broncano, romántico manchego por accidente, confiesa que cruzó La Mancha al atardecer escuchando “Lux” y que casi “va a que lo bauticen”. Rosalía le abraza, quizá porque nadie había descrito su disco como banda sonora de un occidente emocional tan bonito. Ella se sienta. Broncano propone un pulso. Se descalza “porque así está más cómoda” y, por supuesto, gana Rosalía. El público, rendido, grita “oeoeoeoe” como si fuera la final de Champions. Joan Pradells entra en plano sacando bíceps. Gravitación propia en los tríceps. España en su máxima expresión cultural.
Por fin, se habla del disco. Bueno… se intenta. entre risa y risa, Rosalía habla de misticismo, de espiritualidad, de cómo leer le ha ampliado la mente. Grison hace de autotune humano. Broncano habla del nuevo Papa. Rosalía dice que no ha conocido a ninguno. Alguien en el público pide entradas. Repetimos que la entrevista no avanza. Y, sin embargo, avanzamos. Rosalía canta “La Perla” a capella y el teatro queda petrificado. Una mezcla de Pepe Marchena, glitch emocional y alta cultura contemporánea. Palmas en el aire. Gente llorando. La RAE considerando añadir “perla” como unidad de medida del desgarro emocional.
Ella habla de su proceso: que no reescucha sus discos, que no duerme, que no está yendo al gym y que da clases de canto como quien hace sentadillas. Entrenar la voz para que no se oxide. Defiende que Melendi canta bien. Broncano le muestra el vinilo de “Lux” y ella lo mira como si lo viera por primera vez (al disco, no a Broncano, todo una fantasía). Su equipo debe estar sudando desde la fila 3 porque llevamos cuarenta y cinco minutos y cero promo real. Pero todo da igual: Rosalía domina el caos como si fuera el coreógrafo.
Hablan de Berghain (la discoteca). Ella confiesa que nunca ha ido porque no se atreve. Broncano admite que no lo dejaron entrar. Grison tampoco. España entera entiende. “Lux” se filtra en el aire. Ella dice que no quiso sacar singles porque es un álbum para escuchar entero. Un obispo ha hablado de ella en una crítica. Su abuela se lo reenvía. El público pide entradas, como siempre. Ella no confirma gira porque “se verá”. Pero admite que cuando está de gira se puede pasar un año fuera y que es muy duro. Broncano indaga en “La Perla” y el salseo. Ella esquiva con una clase que debería dar créditos universitarios. Hay más de una perla en la vida. Por supuesto. No dice de quien habla pero tu y yo lo sabemos. Claro.
Llegan las preguntas clásicas. Rosalía las conoce por TikTok. “Cero relaciones sexuales”, dice. Celibato creativo. Pero confiesa que ha tenido un sueño “muy real” —guiño dramático— que casi cuenta como experiencia. El público se rompe. Caos. Risa. Caos. El bizcocho ya desapareció hace mucho tiempo, demasiado. Pero no el efecto bizcocho.
Cuando por fin se va, se va riendo: “Me lo he gozado”. Dice que es como estar en el sofá de su casa con un amigo. Y lo parece. Rosalía deja “Lux” y se lleva al público. Y deja al espectador español con la sensación de que lo que ha visto es tele en estado bruto. Muy nuestro. Caótico. Inimitable.
Porque si alguien puede convertir un lunes random en un ritual cultural colectivo, es ella.
Y si eso no es ser diva… dime tú qué es. Dale al play:






