Edimburgo, 9 de agosto de 2025. El día que la realidad se convirtió en mito, y el mito en comunión. Lo que empezó siendo un rumor, luego un anuncio que hizo temblar las redes, y más tarde una gira mastodóntica, culminó en el Scottish Gas Murrayfield Stadium ante miles de almas que no fueron a ver un concierto, sino a formar parte de una resurrección colectiva. Porque esto no era solo música. Era redención, era icónico, era historia. Era Oasis. Y era también un pedazo de cada uno de nosotros. Desde Harry Potter hasta Trainspotting, pasando por Outlander, Edimburgo ha sido cuna de universos mágicos e irreverentes, y esta noche, con Liam Gallagher vestido como si le esperase una tormenta en Svalbard y Noel señalando al cielo como quien espera una señal divina, la ciudad añadió una nueva saga a su leyenda: el retorno de los hermanos más famosos del rock británico, y probablemente del planeta, en su segunda noche consecutiva en la capital escocesa.
Desde horas antes, la ciudad olía a nostalgia y a cerveza fría. Cast caldeó el ambiente como quien rinde homenaje a una generación entera, y Richard Ashcroft lo convirtió en ceremonia anticipada cuando «Bitter Sweet Symphony» se coreaba como si fuésemos testigos de nuestra propia película. Pero fue «Born Slippy (Nuxx)» de Underworld, ese himno de Trainspotting que se deslizó por los altavoces como un cuchillo por mantequilla escocesa, el que nos avisó de que lo imposible estaba a punto de ocurrir. Y entonces, BOOM: «Fuckin’ In the Bushes», Liam y Noel de la mano, y todos gritando con los ojos, con el pecho, con la historia, 60.000 personas estallando en lágrimas, abrazos, gritos, besos. La cerveza volaba. Algunos giramos la cabeza y vimos a extraños que ya eran hermanos, y a nuestros amigos, sassenach, nuestra familia… con los ojos inundados de emoción, cantando como si todo lo vivido, lo soñado y lo roto cupiera en una canción.
«Hello» fue el prólogo de un viaje sin cinturón de seguridad. La música no sonaba: nos atravesaba. «Morning Glory», «Some Might Say», «Roll With It», eran bombas emocionales que nos hacían sudar adrenalina. «Slide Away» nos desarmó. Esa súplica: «Take me there, take me there..» salía de miles de gargantas desgarradas como si de ello dependiera la felicidad. Liam, imperial. Noel, emocional. Y la banda: Gem, Bonehead, Andy Bell, Joey Waronker, en estado de gracia. Cada nota era precisa. Cada luz, exacta. Cada silencio, conmovedor. Y cuando llegó «Cigarettes & Alcohol», se produjo el milagro: todo el estadio, de espaldas al escenario, abrazados por la cintura, bailando el Poznan como una sola criatura. Nunca volveremos a estar tan juntos. Nunca volveremos a ser tan felices.
Y sí, lloramos. Lloramos en «Supersonic», porque fue la primera canción de una historia única. Porque fue nuestra. Porque era 1994 de nuevo y estábamos en casa, aunque hace mucho desde que pisamos Manchester. Lloramos en «Whatever», cuando entendimos que la felicidad estaba en desafinar juntos. Lloramos en «Don’t Look Back in Anger», porque nadie cantó tan fuerte como este público que proyectó este himno a diez kilómetros de distancia haciendo vibrar el estadio con el estribillo más icónico del britpop. Y en ese instante, entre las luces, la historia y los fuegos artificiales emocionales, entendimos que no se trataba de mirar atrás sin rabia. Se trataba de mirar adelante con amor. Con ese amor que brillaba en las (m)iradas que se cruzaron durante «Wonderwall» y sin decirlo supimos que ese «You’re gonna be the one that saves me» ya no era solo una frase, sino una pro(m)esa. El beso, los besos de miles de personas, llegó después, como debía ser, con la canción aún flotando en el viento escocés.
No hubo pausa, ni concesiones. Antes temblábamos con «Live Forever», «Rock ‘n’ Roll Star», «Stand By Me» o «Cast No Shadow». Cada canción era una bandera, un refugio, un grito de guerra. Y mientras, «The Masterplan» preparaba la tormenta perfecta. Porque lo que vino después fue directamente bíblico: «Don’t Look Back in Anger», «Wonderwall» y esa apoteosis llamada «Champagne Supernova» entre fuegos artificiales, con Liam despidiéndose de todos como si nos estuviera bendiciendo, y Noel sonriendo como si por fin hubiese encontrado la paz. Fue allí, justo al final, cuando nos dimos cuenta de que la vida no volvería a ser igual. Todo había cambiado. Todo había mejorado. Habíamos estado en un concierto de Oasis. Habíamos vivido una eucaristía pop. Y si alguna vez necesitamos recordar quiénes fuimos y quiénes somos, solo hará falta cerrar los ojos y repetirlo: I’m feeling supersonic, give me gin and tonic. Forever. Para sie(m)pre. Live forever.






